jueves, enero 24, 2008

viaje a europa

En Berlín, atrás la catedral.
Templo de San Miguel, Luxemburgo.

Luxemburgo, miren los edificios tan delgaditos, parecen cartones de leche. :)

martes, octubre 30, 2007

Carlos, Rosy, Jaime, Ximena, Rodo y Santiago luego del concierto de Fito Páez. Gael y yo.
Xime y Rodo cantando con mucho sentimiento.
Yo en mi casa en el círculo de poetas.


Fotos

El cerro de la silla. La luna llena.
Yo, antes del concierto.

Fito Páez en Monterrey

viernes, octubre 19, 2007

con Zaira en su despedida de soltera
jugando con la luz
jugando con la cámara
jugando
en la feria del libro

En el café Nuevo Brasil



Ángeles

miércoles, agosto 29, 2007

Vacaciones de verano!


Una semana de vacaciones, de las mejores y más divertidas que he tenido.


En San Idelfonso.

En cuernavaca.

Tomando café y cerveza en el DF.

En Cafe de Tacuba.

lunes, agosto 20, 2007

fiesta 32






viernes, julio 13, 2007




viernes, diciembre 08, 2006

Diciembre negro

Artemisa Noticias

* | 30.11.2006

Hace 17 años, 14 mujeres fueron asesinadas por un hombre que odiaba al género y especialmente a las feministas. La matanza de Montreal actualizó varios dilemas, especialmente el de la violencia hacia las mujeres. No mucho tiempo después de esta sangría, dos psicólogas, Esperanza Bosch y Victoria Ferrer (Universitat de les Iles Balars) confirmaban, luego de años de investigación, el origen ideológico del comportamiento violento contra las mujeres.


Hannah Arendt propone en su libro Los orígenes del totalitarismo un camino de lectura. Para “comprender”, dice, hay que responder a tres preguntas: ¿Qué ha sucedido? ¿Por qué sucedió? y ¿Cómo ha podido suceder?

¿Qué sucedió el 6 de diciembre de 1989 en la Universidad Politécnica de Montreal?

Un joven de 25 años, Marc Lépine, tomó una escopeta, fue a la Universidad y mató a 14 mujeres estudiantes (de entre 20 y 31 años), hirió a 9 más y a 4 hombres. Luego de consumada la masacre se suicidó. Entre sus manos encontraron una carta en la que explicaba por qué lo había hecho. Marc Lépine odiaba a las mujeres, y a las feministas en especial. En su misiva había una lista de 19 mujeres destacadas de su comunidad, casi todas dedicadas a ocupaciones no tradicionales, incluidas la primera mujer bombero y la capitana de la policía de Montreal. Pensaba matarlas a todas. Adujo que no pudo hacerlo por falta de tiempo. “La falta de tiempo, puesto que he empezado muy tarde -explicó-, ha permitido a estas feministas radicales sobrevivir”. Fue así que se ocupó de eliminar a quienes tenía a mano y estaban más indefensas: a las mujeres que le refrescaban su reciente fracaso como ingresante en la Politécnica de Montreal, todas alumnas de la carrera de ingeniería.

Efectivamente, Marc Lépine no había sido admitido como estudiante de este centro académico. Era su segundo fracaso puesto que, tiempo antes, tampoco había sido admitido en las filas de las Fuerzas Armadas Canadienses.

Culpó de sus fracasos a las mujeres. Si él no estaba “adentro” era porque alguna mujer lo había desplazado. Su punto ciego le dictaba que ellas eran el principio y el fin de su infelicidad. Y el 6 de diciembre fue el paroxismo de su ira.

“Por favor- decía en su carta-, tomen nota de que si estoy cometiendo suicidio no es por razones económicas... sino por razones políticas. Por eso he decidido matar Ad Patres ( a los padres), las feministas que han arruinado mi vida... las feministas siempre han tenido el talento de irritarme. Ellas quieren retener las ventajas de ser mujer.... mientras tratan de arrebatar aquellas de los hombres... Son muy oportunistas ya que descuidan el provecho del conocimiento acumulado por los hombres a través de los siglos...” Hablaba de su suicidio, no de su matanza.

Luego del estupor, siguió un conmovedor y multitudinario entierro de las víctimas en la catedral de la Universidad. Luego del estupor, el análisis.

¿Por qué sucedió?

En toda la historia oficial de Canadá no había ocurrido hecho semejante. Es una de las peores tragedias que registra ese país desarrollado, esa ciudad bella, cosmopolita y sofisticada. Esta cualidad de lo inédito atravesaba la información y entraba y salía de los hechos con una invariable perplejidad. ¿Por qué sucedió? ¿Cómo fue posible en este tiempo y este espacio?

Desde la Revolución Silenciosa de Québec en los ‘60, las mujeres que vivían en Canadá acumulaban importantes conquistas en sus derechos. En 30 años era evidente que habían ocupado espacios tradicionalmente destindos a los hombres, como en la Êcole Polythecnique du Montreal. Este país contaba con lo más avanzado de la legislación sobre género y su sociedad no podía salir de su asombro por lo que había ocurrido allí. Justamente allí.

Pero ocurrió...

Y a la perplejidad siguieron las dudas: ¿Se trataba de un acto irracional perpetrado por un loco? O bien ¿Se trataba de un feminicidio? ¿De un acto de rebosante lógica siniestra y oscura racionalidad?

La razón busca comprender, ensaya respuestas. Primero fue en busca de la biografía del asesino. Sin dudas se trataba de una persona con algún problema mental. Había sufrido abusos cuando niño, pero además era un adicto a películas bélicas (este dato sacó el foco de su individualidad y lo colocó fuera, en la influencia de los medios masivos de comunicación sobre personalidades complejas). En su carta, huellas de su viaje al infierno, culpaba de todo a las mujeres.

Las mujeres más cercanas en su vida, su madre y su hermana, estaban perplejas. Desoladas ante la magnitud de la tragedia, de una tragedia que de ningún modo pudieron preveer, mucho menos explicar.

Por este motivo, el calificativo más utilizado para dar cuenta de este asesino, fue el de “loco”. Y este “loco”, especulando lo que sucedería luego de su suicidio, se encargó de relativizar ese juicio: “Aunque el epíteto de Asesino Enfermo me será atribuido por los medios, me considero una persona erudita y racional que sólo la llegada de la muerte ha forzado a cometer actos extremos...”

Una voz femenina, la de Judy Rebick, proveyó en esos días un comentario inquietante: “Si él hubiera matado a 14 judíos, él hubiera sido visto como un desequilibrado, pero también como antisemita...” Esto era brutalmente cierto.

Acto aislado de una persona desequilibrada y una escena inaudita de violencia hacia la mujer. Ambas. Su desmesura no hizo víctimas a los militares que le impidieron su ingreso a las Fuerzas Armadas Canadienses. Marc Lépine afirmó que odiaba a las mujeres y cargó con las alumnas de ingeniería de la universidad de su comunidad.

Volvamos a Arendt. Uno de los colosales aportes de esta pensadora contemporánea llegó luego de que cubriera el juicio a Adolf Eichmann para New Yorker, en 1961. Una de sus conclusiones a la hora de explicar el exterminio de nazis durante la Segunda Guerra fue la siguiente: Durante el Tercer Reich- afirmó- hubo muchos hombres como Eichmann, que no eran dementes, por el contrario eran “terribles y terroríficamente normales”.

Pero, lamentablemente, el holocausto no fue suficiente para parar la locura bélica, ni los actos de racismo, ni las desmesuras de la humanidad. Los hechos lo demuestran cotidianamente. Pero, a partir de las reflexiones de Arendt, sabemos los efectos de banalizar el mal, la violencia, el lado sombrío de lo humano.

La matanza de Montreal actualizó varios dilemas, especialmente el de la violencia hacia las mujeres. No mucho tiempo después de esta sangría, dos psicólogas, Esperanza Bosch y Victoria Ferrer (Universitat de les Iles Balars) confirmaban, luego de años de investigación, “el origen ideológico del comportamiento violento contra las mujeres”.

Ambas coinciden en que hay una analogía entre un racista y un machista: “Uno y otro -afirman- tienen fuentes ideológicas. Aquella que sustenta la violencia contra la raza negra es la creencia en la existencia de la superioridad de la raza blanca. Para quien así lo cree, el dominio de los blancos sobre los negros deviene en comportamiento coherente. Esta dominación puede realizarse a las buenas, si la víctima se deja; o a las malas, si ofrece resistencia...”. Del mismo modo ocurre con la conducta de un machista y de un misógino.

¿ Y cómo ha podido suceder?

A esta pregunta responde la historia. Y responde el presente. La matanza de Montreal no es un caso aislado de violencia contra la mujer. Es un caso más, aun saltando las peculiaridades del acontecimiento. Fue perpetrado por un joven que vivía en una sociedad occidental y moderna que legitima la violencia y perpetúa un modelo patriarcal. En pocas palabras, hay razones objetivas para pensar que matanzas como la de Montreal sucedan. Porque están dadas las condiciones de posibilidad. En Canadá, en Argentina, y en el resto del mundo.

La matanza de Montreal pudo suceder y –lamentablemente- se repite con otros protagonistas y en otros escenarios a lo largo de todo el orbe. Pensemos nada más en las matanzas de Ciudad Juárez, en el asesinato de las hermanas Mirabal, en el 80% de las mujeres de Tailandia que son víctimas de violencia doméstica, en los crímenes hacia mujeres que todos los días aparecen en los diarios, en las víctimas de violencia doméstica de todo el mundo, aún en los países más desarrollados del planeta, en las miles de violaciones hacia niñas y mujeres que se suceden sin freno…

Robert Connell, docente en la Universidad de Sydney (Australia) aporta una idea interesante para el análisis: “Las epopeyas romanas o la Ilíada - afirma- son relatos sangrientos de guerreros que luchan por el honor, la tierra y la posesión de las mujeres. De esta manera, desde sus comienzos, la literatura clásica, que es raíz de la cultura occidental, anuncia el género de la guerra. Es muy raro que la historia presente a mujeres combatiendo y actualmente la gran mayoría de los 30 millones de miembros de las fuerzas armadas del mundo son hombres. Del mismo modo, en la vida privada, los violentos y los que van armados son sobre todo hombres: en EE.UU. la proporción de hombres que poseían armas era del 49% en 1994, cuatro veces más que las mujeres. En 1991, los hombres fueron los autores del 91% de los crímenes de ese país y, en 1993, del 90% de los homicidios de Australia. En el hogar, los hombres ejercen más violencia en comparación con las mujeres, del mismo modo que la violación es un acto fundamentalmente masculino... De este modo, cualquier estrategia en favor de la paz debe tener en cuenta este predominio de los hombres en todo el espectro de la violencia...”

No podemos hablar de hechos aislados, de rarezas, cuando hablamos de hechos como la matanza de Montreal.

Hay responsabilidades sociales compartidas. Todo esto no significa que, si atendemos a la cultura que nos formatea, no tengamos alternativas. Las hay y quizás sean más pequeñas de lo imaginado, más gestuales y sutiles. Y por cada hecho siniestro como el que cada 6 de diciembre se recuerda, hay un pequeño fuego que todos aspiramos que no se apague. Ese pequeño fuego es el que llevaron, luego de la masacre de Montreal, los hombres canadienses que se unieron contra el sexismo, los que se unieron al Movimiento del Listón Blanco, a la Colisión para el control de armas organizado por mujeres canadienses; a todas y todos los que educan en la igualdad entre los sexos y en la no violencia.

En 17 años ha habido tímidos avances. Tenues progresos. Legislación protectiva. Ayuda. Nuevas Organizaciones. Aun así hay tanto por hacer...! Aquí o allá, porque aquí y allá las condiciones de posibilidad de la violencia hacia las mujeres laten, respiran, interpelan.


* Este material fue realizado por la Corresponsalía en Argentina de la Campaña por los 16 días de Activismo contra la Violencia hacia las Mujeres. Se ruega citar la fuente.